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Astronomía en megahercios

Una radio de onda corta

Una radio de onda corta

¿Te imaginas que con una radio como la de la foto se puede hacer ciencia?.

No imagines mucho, se puede hacer ciencia. Si si. Y te preguntarás “¿Pero los astrónomos no usáis los telescopios?”. Evidentemente sí. Pero el universo tiene algo más que luz y materia. Pero antes un pequeño resumen de la entrada, que es un poco larga.

  • El espectro electromagnético. La luz solo es una pequeña parte de todas las ondas de tipo electromagnético. ¿Cómo funciona esto de la radiación?
  • La radioastronomía. Veremos como surgió y a que se dedica esta rama de la astrofísica. Su historia y sus logros.
  • Radioastronomía a nivel amateur. Porque a todos en casa nos gusta cacharrear y quien sabe, lo mismo alguno se anima. Hablaremos de las diferentes opciones para hacer radioastronomía amateur, explicaremos cada caso e incluso hay audios de ejemplo.

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Publicado bajo la categoría Experiencias de Observación, General
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Para qué sirve la astronomía (I): Los guardianes del tiempo

Comienzo esta serie de artículos en los que pretendo mostraros como la astronomía esta tan arraigada en nuestra cultura, que ya no nos damos ni cuenta del alcance de la misma. Y el mejor ejemplo es el tiempo.

Definir el concepto de tiempo es difícil. A veces nos parece que va más rápido, otras más lento. El tiempo es la magnitud física que mide la separación entre sucesos. La pregunta entonces es: ¿qué tiene que ver esto con la astronomía? Es muy sencillo. Para definir el tiempo necesitamos un estándar, algo que suceda por igual en todo el mundo o al menos igual en toda una región.

Desde la antigüedad se utilizó el acontecimiento que marcaba el ritmo de la actividad diaria como unidad del tiempo, el día solar. Y el día solar lo dividieron en horas usando relojes de sol de muchos tipos, con la hora babilónica, la hora itálica, hasta que llegamos a la hora actual.

Medir el instante del día era importarte y usando el sol y las estrellas era relativamente sencillo, pero definir el instante del año en que nos encontramos era más complicado. El año no tiene una duración exacta en días. Por ello, la observación de los solsticios y equinoccios fue siempre fundamental para ajustar el calendario. Sin embargo ¿qué utilidad tiene esto en el siglo XXI? En una sociedad conectada a Internet en la que el Sol ya no se pone y los relojes atómicos son los que marcan la hora mundial ¿qué importancia tiene la astronomía? ¿de qué nos sirve?

Si no corrigiésemos estos efectos debidos a la rotación terrestre algunos procesos globales comenzarían a fallar por falta de sincronización. Por ello el año pasado tuvo un segundo más. Pero, ¿cómo se sabe que la Tierra rota más lenta? Pues resulta que son los radioastrónomos quienes miden la velocidad de rotación de la Tierra. ¿Cómo lo hacen? Es muy sencillo, utilizan galaxias muy lejanas.

Desde la tierra las galaxias parecen estar completamente inmóviles por su lejanía. Usando un reloj atómico y comprobando donde debería estar un objeto en el cielo a una hora y donde está realmente se puede ver como varía la rotación de la Tierra. Además, al observar las galaxias desde diferentes puntos de la Tierra con diferentes radiotelescopios también se puede medir la deriva de los continentes y muchas cosas más que contaré en sucesivos artículos. Pero lo que nos importa aquí. Si no fuera por la astronomía, no tendríamos una noción clara del tiempo, y por ello desde muy antiguo los astrónomos somos los guardianes del tiempo.

Podéis mirar más cosas sobre este tema en Astroescolar. Por ejemplo saber donde se generan las señales horarias, ¿a que no adivináis donde se hace?

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Figuras Celestes

Una de las primeras tareas de cualquier aficionado a la astronomía es familiarizarse con las constelaciones que pueblan el cielo nocturno. Las constelaciones nos sirven como referencia a la hora de orientarnos en la bóveda celeste, pero pocas veces nos preguntamos sobre su origen concreto.

Durante el transcurso de la historia, la Humanidad ha sentido la necesidad de trasladar sus mitos y creencias al cielo. Es por eso que las constelaciones no son meras creaciones folclóricas sin importancia, sino que son representantes de una herencia cultural global que más que nunca debemos aprender a apreciar. Por supuesto, diferentes culturas han creado distintas constelaciones, las cuales han variado además dependiendo de la localización geográfica de las civilizaciones y de la porción de la bóveda celeste visible para ellas. No es de extrañar pues que una de las decisiones que tomó la Unión Astronómica Internacional (UAI) durante su primera asamblea en 1922 fuese presentar una lista con las constelaciones “oficiales”: 88 en total.

¿Pero de dónde vienen estas sugerentes figuras celestiales? Si no tenemos en cuenta las constelaciones añadidas por los europeos en los últimos siglos para cubrir el hemisferio sur celeste, la mayoría de las restantes provienen de la cultura grecorromana. En concreto, durante más de 1500 años la obra de referencia por antonomasia ha sido Coordinación Matemática de Claudio Ptolomeo (Μαθηματική Σύνταξις en griego). Para aquellos a quienes este nombre no les suene, conviene matizar que nos ha llegado a nosotros gracias a las traducciones árabes medievales con el título de Al Kitabu al Majisti (“el gran libro”) o, para abreviar, El Almagesto. Ptolomeo (siglo II d.C.) fue el último sabio helenístico heredero de una larga tradición de astrónomos. Su descripción de los movimientos planetarios dominaría la astronomía hasta el Renacimiento y la aparición de Copérnico. Como no podía ser menos, su catálogo de 48 constelaciones también se convirtió en la referencia estándar en esta materia. Por supuesto, Ptolomeo no creó su lista de constelaciones de la nada, sino que empleó referencias más antiguas. En concreto, se supone que utilizó casi en su totalidad el catálogo estelar de Hiparco de Nicea, quien vivió unos trescientos años antes. Lamentablemente, el catálogo de Hiparco no ha llegado hasta la actualidad.

Podemos seguir remontándonos atrás en el tiempo a otros autores, pero, ¿cuál fue el primero en enumerar las constelaciones que nos son familiares a todos? Pues parece que fue el matemático y astrónomo griego Eudoxo de Cnidos (siglo IV a.C.). Y digo “parece” porque, una vez más, sus obras no han sobrevivido el paso del tiempo.  Por suerte para nosotros, el poeta Arato de Solos escribió un libro en el siglo III a.C. basándose en la desaparecida obra de Eudoxo. Este libro se llamaba Fenómenos (Φαινόμενα) y fue tremendamente popular en Roma, donde se hicieron numerosas copias y versiones a manos de autores como Higino, Manilio o Gémino, motivo por el cual se suele citar a los Fenómenos como la primera fuente escrita donde aparecen las constelaciones actuales. Arato hace referencia a 43 constelaciones y asterismos. Aunque muchos de ellos nos resultan familiares, muchos otros no tanto. Por ejemplo, Pegaso es simplemente “el Caballo”, el Cisne es “el Ave” y Hércules aparece como “el Arrodillado”.

Copia de los Fenómenos de Arato del siglo XI

Copia de los Fenómenos de Arato del siglo XI

En lo que respecta a los mitos, lejos de la visión monolítica actual que tenemos en la actualidad, en la Antigüedad convivieron simultáneamente muchos mitos para una misma constelación. Normalmente se toma como referencia en este tema la obra de pseudo-Eratóstenes, una figura anónima del siglo I d.C. que escribió los Catasterismos (Καταστερισμοί, “situar entre las estrellas”). No obstante, muchos de los mitos que aparecen en los Catasterismos, una obra de lectura obligada para cualquier amante de la astronomía, son distintos a los que se popularizaron en Europa tras el Renacimiento.

Por supuesto, Eudoxo tampoco fue el primero en crear todas las constelaciones que conocemos: sólo fue el primero dentro de la cultura griega. El origen de muchas de las constelaciones actuales hay que buscarlo más lejos, al este, en la antigua Mesopotamia. Pero eso es otra historia…

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