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La Edad de Oro de los Mapas Estelares

Desde siempre la Humanidad ha intentado plasmar la distribución de los astros en el cielo usando mapas celestes al mismo tiempo que cartografiaba la Tierra. En cierto modo, confeccionar un mapa de los astros es mucho más sencillo que elaborar un mapa terrestre, pues desde cualquier punto de nuestro planeta -a excepción de los polos- se puede observar más de la mitad de la esfera celeste.

La mayoría de los primeros mapas celestes no han sobrevivido hasta la actualidad, salvo contadas excepciones, como es el caso del Atlas de Farnese. Esta escultura se puede considerar el arquetipo grecorromano de representación astronómica de los cielos, pero desgraciadamente la naturaleza efímera del soporte escrito ha evitado que podamos contemplar sus contrapartidas bidimensionales en papiro o pergamino.

Más numerosos son los ejemplares de mapas celestes medievales musulmanes, chinos o europeos, todos ellos, con ligeras modificaciones, basados en la obra de Ptolomeo. Pero no sería hasta el Renacimiento cuando la confección de mapas estelares experimentaría un auge sin precedentes. Las primeras exploraciones marítimas alrededor del mundo propiciaron la cartografía de los astros del hemisferio sur, hasta entonces desconocidos para los europeos. Navegantes como Amerigo Vespucci, Andreas Corsali, Pieter Keyser o Frederick de Houtman serían pioneros en la introducción de las nuevas constelaciones australes. De este modo, las naciones europeas tuvieron acceso por primera vez al cielo del hemisferio sur -que fue debidamente cartografiado-, lo que llevó a la confección de mapas celestes cada vez más detallados. Debido a las necesidades de la navegación, los cartógrafos de la época realizaron esfuerzos considerables para representar de forma fiel la geografía terrestre, desarrollando nuevos métodos matemáticos de proyección y técnicas de grabado que posteriormente serían aplicadas a la hora de crear mapas estelares. Los mapas celestes no eran una mera curiosidad académica: en una época de largas travesías oceánicas, las estrellas ofrecían un método seguro para orientarse en alta mar (al menos en latitud). La introducción del telescopio en el siglo XVII por parte de Galileo abrió nuevas posibilidades a la hora de cartografiar los cielos.
En el periodo comprendido entre 1600 y 1800 la confección de mapas estelares alcanzó un refinamiento tal que podemos considerarla la Época de Oro de la cartografía celeste. Antes de este periodo los mapas eran caóticos, de calidad mediocre o bien poco prácticos. Son muchas las obras que se editaron en este periodo y sería imposible hacer una referencia a todas ellas en esta breve reseña, pero podemos centrarnos en cuatro obras que cambiarían la forma de ver el cielo:

  • Uranometría, de Johann Bayer (1572-1625): Bayer era un filósofo alemán apasionado de la astronomía. Consideraba que no había mapas celestes adecuados para observar los cielos con un mínimo de precisión y como resultado decidió crear uno propio cuyo nombre original sería Uranometria Omnium Asterismorum, conocido popularmente como Uranometría, “medida de los cielos”. Fue publicado originalmente en 1603 en la ciudad alemana de Augsburg. Consistía en en 51 laminas, 48 de ellas dedicadas a las constelaciones clásicas de Ptolomeo, una con las nuevas constelaciones que habían descubierto los navegantes europeos (Nubes de Magallanes incluidas), así como dos planisferios celestes completos. Bayer utilizó una proyección trapezoidal y márgenes calibrados para permitir la lectura de la posición de un astro en el cielo con medio grado de error. Representó las 1005 estrellas del catálogo de Tycho Brahe, así como otras 1000 catalogadas por él mismo. En estos mapas Bayer introdujo la convención de nombrar a las estrellas más brillantes de cada constelación mediante letras griegas (y latinas si se terminaba el alfabeto). Esta tradición se ha mantenido hasta la actualidad, pese a las numerosas inconsistencias del sistema. Conviene recordar que fue Alessandro Piccolomini el primero en designar con letras las estrellas más brillantes de cada constelación en su obra De le Stelle Fisse, aunque a diferencia de Bayer hizo uso del alfabeto latino exclusivamente. La belleza del atlas celeste de Bayer radica en la introducción de figuras mitológicas en cada lámina para ayudar a localización de las estrellas, siguiendo las descripciones “anatómicas” del Almagesto de Ptolomeo.
La Osa Mayor en el Uranometria.

La Osa Mayor en el Uranometria.

  • Firmamentum Sobiescianum, de Johannes Hevelius (1611-1687): Hevelius era un comerciante alemán nacido en Danzig (actualmente Gdansk, Polonia) aficionado a la astronomía que gracias a su desahogada situación económica pudo crear su propio observatorio particular. Este observatorio sería bautizado como Stellaburgum (“ciudad de las estrellas”) y  estaría considerado como uno de los mejores observatorios del mundo hasta la creación a finales del siglo XVII de varias instituciones astronómicas europeas de carácter nacional. Con el apoyo del rey francés Luis XIV y el rey polaco Jan III Sobieski, Hevelius pudo finalizar su obra Prodromus Astronomiae, la cual estaba formada por un catálogo (Catalogus Stellerum Fixarum) y un atlas celeste (Firmamentum Sobiescianum, sive Uranographia) dedicado al rey polaco. El catálogo incluía 1564 estrellas en proyección trapezoidal (sin letras griegas ni latinas), 600 de ellas añadidas por Hevelius, así como 12 nuevas constelaciones de un total de 73. Curiosamente, su obra sería publicada por su segunda mujer, Elisabeth, tras su muerte en 1690. El Firmamentum Sobiescianum es considerado por muchos como el atlas celeste más bello jamás creado. La altísima calidad visual y artística de esta obra se debe a la experiencia que tenía Hevelius a la hora de realizar grabados. Por otra parte, rechazó el uso del por entonces nuevo invento del telescopio para aumentar la precisión de la posición de los astros. Por este motivo, desde el punto de vista técnico su obra no era un gran avance respecto del Uranometria de Bayer. Curiosamente, la representación de las constelaciones estaba “invertida”, es decir, fueron dibujadas como si contemplásemos la esfera celeste “desde fuera”, una práctica muy común en los atlas y cartas celestes de la antigüedad.
La constelación de Taurus en el Uranographia.

La constelación de Tauro en el Uranographia.

  • Atlas Coelestis, de John Flamsteed (1646-1719): a diferencia de Bayer y Hevelius, Flamsteed era un astrónomo profesional, encargado de la construcción del Real Observatorio de Greenwich y a la sazón primer Royal Astronomer. Fue el primero en registrar de forma sistemática las posiciones de las estrellas usando un telescopio, tarea a la que dedicó toda su vida. Al igual que en el caso de Hevelius, su obra fue publicada postumamente por su mujer en 1725 y se denominó Historiae Coelestis Britannicae, con más de 3000 estrellas. Hizo uso de las letras de Bayer, aunque añadió números para designar las estrellas de cada constelación. Estos números son actualmente conocidos como “Números de Flamsteed”, pese a que fueron introducidos por el francés Joseph Lalande en 1783. Basado en este catálogo, en 1729 se publicó el Atlas Coelestis, el resultado de toda una vida de trabajo. Atlas Coelestis usaba una proyección polar estereográfica que, combinada con la precisión del catálogo estelar de Flamsteed, hizo de él una auténtica joya científica y artística en su época. Una joya que tardaría más de medio siglo en ser superada.
Ofiuco en el Atlas Coelestis.

Ofiuco en el Atlas Coelestis.

  • Uranographia, de Johann Bode (1747-1826): Bode fue un reputado astrónomo alemán de Hamburgo que llegó a ser director del Observatorio de Berlín. Desde su juventud, Bode se propuso superar el altísimo listón alcanzado por Flamsteed a la hora de confeccionar catálogos estelares. En su primera etapa publicó dos libros con mapas celestes:  Anleitung zur Kentnis des Gestirnten Himmels (“introducción al conocimiento del cielo estrellado”) en 1768 y  Vorstellung der Gestirne (“presentación de los astros”) en 1782 , una versión alemana del atlas de Flamsteed con más de 3500 estrellas. Pero sería en 1801 cuando finalmente vería la luz su gran obra: Uranographia sive Astrorum Descriptio (o simplemente, Uranographia). Se trataba el atlas celeste más grande jamás publicado. Hacía uso de la proyección cónica, con menos distorsión que los anteriores mapas, para representar más de 100 constelaciones (comparadas con las 88 existentes en la actualidad). Muchas de estas constelaciones fueron creadas por el propio Bode y con el tiempo cayeron en desuso. Uranographia se publicó conjuntamente con un catálogo de 17240 estrellas, llamado Allgemeine Nachweisung der Gestirne que contenía todas las estrellas visibles hasta magnitud 8 algo inaudito para la época.
Acuario en el Uranographia.

Acuario en el Uranographia.

La obra de Bayer, Hevelius, Flamsteed y Bode inspiró a decenas de artistas y científicos que realizaron sus respectivos atlas celestes. Sin embargo, en el sigo XIX esta curiosa disciplina mezcla de arte y ciencia a partes iguales caería en desuso: la introducción de la fotografía haría superfluo el uso de cartas celestes para marcar la posición de las estrellas con alta precisión. Aunque se han seguido publicando mapas celestes hasta la actualidad (como es el caso del Uranometria 2000.0 o el Sky Atlas), su uso ha quedado limitado en la mayoría de los casos a los astrónomos no profesionales. En todo caso, la componente artística que inspiró a los primeros autores está ausente de los mapas estelares contemporáneos, que presentan una orientación emimentemente práctica. La Edad de Oro de los mapas estelares marcó una época de transición entre la antigua tradición grecorromana y la revolución científica de la sociedad moderna. Su legado es un rico patrimonio cultural y científico que no debemos olvidar.

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