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El Space Center de Bremen

Hace unos años realicé un viaje de ocio por Europa Central y planifiqué el recorrido para pasar un par de días en Bremen. En esta ciudad del Norte de Alemania se encontraba en aquellos momentos el centro de ocio espacial más moderno de Europa, el Space Center.

Este centro está situado en una zona industrial en reconversión. Mientras el tranvía nos acercaba allí pudimos observar fábricas viejas y edificios con un aspecto de barrio obrero, rudo, que contrastaban con el centro turístico de la ciudad. El tranvía nos dejó a pie del edificio y la primera impresión fue buena.

http://www.space-center-bremen.de

El precio de la entrada fue de 22 euros por cabeza. Era importante guardar el ticket porque con él accedías a las diferentes atracciones a través de tornos como en el metro. Sin embargo, como buenos españoles, tuvimos que dar la nota y perdimos uno de ellos. Así que empezamos a buscarlo por las papeleras de los pasillos, debajo de las sillas, etc. Dos vigilantes se acercaron y nos preguntaron qué pasaba (en alemán, claro). Lo cierto es que se portaron muy bien y a los pocos minutos teníamos un nuevo ticket sin coste alguno.

Space Center

Space Center

El Space Center se encuentra dividido en varias secciones, todas accesibles desde un gran patio central ocupado por un restaurante y una cafetería de diseño futurista. La sección que más me gustó fue el cine Imax, una gigantesca pantalla envolvente, casi semiesférica. Al entrar te pones unas gafas especiales que te permiten disfrutar en perfecto 3D de espectaculares documentales sobre el espacio. Vimos dos, uno sobre el transbordador espacial en alemán y otro sobre la ISS en inglés. Hubo un par de despegues de un transbordador y un cohete Proton ruso que te hacían agarrarte a la butaca y casi casi morder el polvo (de hecho, en el segundo simularon el efecto como si se rompieran las gafas, ¡genial!).

Las gafas del Imax

Las gafas del Imax

Otra de las secciones se denominaba Planet Quest, y consistía en una especie de montaña rusa que recorría gran parte del recinto por su parte superior. Cada asiento al cerrarse mostraba frente a tus ojos una pantalla de televisión, que durante el veloz paseo mostraba sobrevuelos sobre los diferentes planetas del Sistema Solar. Yo prefería mirar abajo y a los lados para observar qué estábamos ‘sobrevolando’ realmente. Vino bien para soltar un poco de adrenalina.

La sección más aburrida fue la de Star Trek. Consistía en una especie de nave espacial, con puertas futuristas de esas que se abren solas hacia arriba. Había actores vestidos de Star Trek haciendo guardia en cada puerta. Por varias televisiones veíamos escenas de Star Trek, hasta que de repente empezaron a sonar alarmas, las luces se apagaron y nos llevaron corriendo a otra sala en la que los actores de la tele aparecieron en vivo. Creo que hablaban todo el rato en alemán. Debía estar bien para los fans de aquella serie, pero me pareció un tostón.

La tercera atracción que visitamos fue StarGate. De nuevo con actores en vivo, iban contando una historieta de una reina vestida con telas del antiguo Egipto. De pronto nos obligaron a seguir a la reina por unos pasillos, nos dieron unas gafas especiales como las del Imax y entramos en una sala de cine pequeñita. Un tío iba comprobando que todos teníamos bien colocados los cinturones de seguridad de la butaca, y que no había niños demasiado pequeños. Dijo que había unos sensores que detectaban ataques epilépticos o similares y que si alguien sufría uno la atracción se pararía automáticamente. Ante tal despliegue de medios la espectación era total. Entonces empezamos a ver por la pantalla un túnel por el que se desplazaba la supuesta nave en la que estábamos montados. Disparaba a monstruos de cuello largo que literalmente atravesaban la pantalla (las gafas 3D tenían la culpa) y nos escupían, la nave realizaba acelerones bruscos, se inclinaba, … todo con gran realismo debido a que desde los asientos salían chorritos de agua a la cara, en los respaldos había muelles que te empujaban por detrás, y la plataforma de la sala se movía también. No estuvo mal.

Maqueta de la Luna

Maqueta de la Luna

Había una zona dedicada a los viajes espaciales, con trajes de cosmonautas reales, paquetes de comida espacial, fotos, libros de ruta del Apollo 11, etc. Junto a ellos una maqueta de plástico blando que simulaba una zona craterizada de la Luna para que los niños jugaran. Y en una pequeña sala sin asientos se proyectaba una animación por ordenador de un viaje a la Luna.

Trajes de astronauta

Trajes de astronauta

En el pabellón al aire libre sólo había una maqueta a escala 1:1 del cohete Ariane. La maqueta formaba parte de la atracción de caída libre, típica de los parques de atracciones. Se echaban de menos maquetas de otros cohetes, tanto americanos como rusos, y de un transbordador.

Maqueta a escala 1:1 del cohete Ariane

Maqueta a escala 1:1 del cohete Ariane

Por supuesto, la salida estaba junto a la tienda de recuerdos: tazones de Star Trek, disfraces, marcianos verdes hinchables, llaveros, puzzles, maquetas de naves espaciales, etc. una pena que no hubiera ni un solo libro.

Publicado bajo la categoría Astronautica, Ciencia ficción, Turismo Astronómico, Visitas

El primer telescopio espacial

La atmósfera es esencial para la vida en la Tierra, pero al mismo tiempo es la peor pesadilla de cualquier astrónomo. Efectivamente, la capa de aire que rodea nuestro planeta “emborrona” las imágenes que nos llegan del espacio de tal modo que muchos comparan la práctica de la astronomía con intentar contemplar el Sol desde el fondo del mar. En realidad es peor aún, porque existen ciertos tipos de luz que nuestra querida atmósfera simplemente no nos deja ver. Esta luz que tiene la entrada prohibida a nuestro mundo es la que conforma la mayor parte del espectro electromagnético que va desde los energéticos rayos gamma o rayos X, hasta la radiación infrarroja o microondas. Únicamente las ondas de radio y el espectro visible se salvan de la censura atmosférica. Ni que decir tiene, una enorme cantidad de sucesos cruciales del Universo sólo se dejan ver en estas longitudes de onda.

Para enfrentarse a este desafío sólo hay una salida: instalar los telescopios fuera de la atmósfera. En efecto, esto explica que los observatorios profesionales se encuentren en la cima de altas montañas. Pero ni incluso así logramos evitar los efectos perniciosos de la atmósfera, puesto que siempre quedará algo de aire que empañe nuestras observaciones sin importar lo alta que sea la montaña elegida. Sólo en el espacio podremos conseguir observaciones perfectas de todo el espectro electromagnético. Pero poner algo en el espacio no es sencillo. Hace falta alcanzar la órbita terrestre, lo que implica que necesitamos acelerar nuestro telescopio hasta los 28000 km/h, lo que a su vez requiere energía, muchísima energía. Es por esto que se hace necesario el uso de potentes cohetes para alcanzar estas velocidades.

Desde que el 4 de octubre de 1957 el Sputnik 1 hizo compañía a nuestra Luna como satélite de la Tierra, todos los astrónomos del mundo soñaron con poner en el espacio un telescopio que les permitiese romper las ataduras de la atmósfera. Pronto numerosas cámaras y objetivos surcaron el espacio, pero, desgraciadamente, estos primeros telescopios espaciales apuntaban hacia…¡la Tierra! Lamentablemente se ve que espiar a nuestros vecinos tenía prioridad sobre el estudio de los cielos.

Sin embargo, la comunidad científica siguió insistiendo y por fin el 7 de diciembre de 1968 fue lanzado con éxito el primer telescopio espacial: el OAO-2. El OAO -siglas de Observatorio Astronómico Orbital- era un satélite estadounidense de dos toneladas que fue bautizado como Stargazer una vez en el espacio. Estrictamente hablando, el OAO contaba con varios telescopios distintos, aunque el instrumento estrella estaba formado por cuatro telescopios de 30,48 centímetros de diámetro, cada uno de ellos conectados a una cámara de televisión especial (Uvicon) para poder estudiar el espectro ultravioleta, una de las regiones prohibidas para la astronomía terrestre.

Por primera vez la Humanidad conseguía levantar el velo de la atmósfera y ante nosotros se nos presentaba un Universo como nunca antes nadie, literalmente, lo había visto. Desgraciadamente, la resolución del OAO no permitía obtener imágenes espectaculares, pero sí nos enseñó que el cielo en ultravioleta era muy diferente del que se podía ver desde la Tierra.

El satélite OAO-2 (NASA)

El satélite OAO-2 (NASA)

Puede objetarse que el OAO-2 no era un telescopio propiamente dicho, ya que más bien era un conjunto de cámaras y fotómetros. En todo caso, el honor de ser el segundo telescopio en el espacio le corresponde al Orión-1, lanzado por la URSS el 19 de abril de 1971 a bordo de la primera estación espacial de la historia, la Salyut 1. El Orión-1 era un pequeño reflector de 28 cm de diámetro y 140 cm de focal de tipo Mersenne, paradójicamente muy parecido a los telescopios de aficionado Schmidt-Cassegrain que podemos encontrar en la actualidad. Al igual que el OAO-2, el Orión-1 estaba diseñado para estudiar el ultravioleta y de este modo sacar partido a su privilegiada situación.

salyut 1

Una nave Soyuz (izquierda) acoplándose a la Salyut 1.

La característica que hizo único al Orión-1 es que se trató del primer telescopio en ser controlado por un humano en el espacio. La tripulación de la Soyuz 10 debía haber sido la primera en trabajar con este telescopio, pero no logró acoplarse completamente con la estación y hubo de regresar a la Tierra con las manos vacías. Poco después, los cosmonautas de la Soyuz 11 Georgi Dobrovolsky, Víktor Patsáyev y Vladislav Vólkov lograron acoplarse a la Salyut y se convirtieron así en los primeros habitantes de una estación espacial. Sería Patsáyev el primero en manejar el Orión-1 dentro de la estación, por lo que fue el primer “astrónomo espacial”.

Telescopio espacial Orión.

Telescopio espacial Orión.

Pese a que batió el récord de permanencia en el espacio, la tripulación de la Soyuz 11 murió durante su regreso a la Tierra debido a una despresurización causada por un fallo en una de las válvulas de la cápsula. En los años  siguientes se siguieron lanzando telescopios espaciales para observar distintas regiones del espectro, aunque no sería hasta 1990 cuando, tras múltiples retrasos, haría su aparición el Telescopio Espacial Hubble. El Hubble no fue, como hemos visto, el primer telescopio en órbita, pero su espejo primario de 2,4 metros lo convirtió en el primer gran observatorio espacial. Además del Hubble, varios telescopios espaciales nos han mostrado cómo son esos otros cielos en distintas longitudes de onda. Gracias a ellos, la astronomía ya no volverá a ser la misma.

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El precio de la retirada de los transbordadores

Como sabréis desde hace aproximadamente unos 4-5 años, la agencia espacial norteamericana NASA espera -por mandato del Gobierno Bush- la retirada “total y absoluta” de la flota de transbordadores espaciales STS, los llamados “shuttle”. Ingenios espaciales que han hecho las delicias de cientos de seguidores de la carrera espacial y la ingeniería.

Mientras tanto, el presidente de EE UU Barack Obama, hace unas semanas, siendo aun presidente electo, envió a la administración espacial del país norteamericano un equipo de “observadores”con el fin -ya no sólo de conocer la actividad de la agencia y, lo más importante, sus presupuestos- si no también “apretar las tuercas” a su administrador y cargos de alto nivel.

El transbordador espacial Columbia, el 12 de abril de 2001, a punto de ser lanzado con dos tripulantes abordo. FOTO: Astronomical Picture of The Day / NASA.

El transbordador espacial Columbia, el 12 de abril de 2001, a punto de ser lanzado con dos tripulantes abordo. FOTO: Astronomical Picture of The Day / NASA.

Teóricamente, los transbordadores espaciales Discovery, Atlantis y Endeavour (los tres que quedan tras la desaparición accidental del Challenger en 1986 y del Columbia en 2003) deberán dejar de prestar servicio defiitivo en el año 2010.

Aunque, paradójicamente, según el plan de trabajo diseñado por la NASA no será hasta el año 2015 cuando, tras años de desarrollo y múltitud de pruebas, entre en servicio el esperanzador transbordador “Orion”, nuevo ingenio aeroespacial que será impulsado por los cohetes Ares 1 que, todo sea dicho, están dando mucho de qué hablar en el ámbito ingenieril…

Para cubrir el servicio a la Estación Espacial Internacional -principalmente- de 2010 y 2015, el Gobierno cerró con la agencia espacial Rusa hace tan sólo unos meses y con las respectivas subcontratadas un contrato para dar servicio a la EEI mediante el uso de los transbordadores rusos, las naves Soyuz.

Pero, ¿cuál será el destino de la flota que ha hecho, por ejemplo, realidad la Estación Espacial Internacional o el lanzamiento del maravillos telescopio espacial Hubble?

Todo es cuestión de dotar de presupuesto a la NASA para que los transbordadores se recuperen y queden, para siempre, a merced del disfrute de los más jóvenes, por ejemplo. Esta sería sería la solución más deseable, sí, pero ¿de cuántos dólares hablamos?

Para contestar esta pregunta, hace unas pocas semanas el blog espacial “The Flame Trench” del periódico digital Florida Today, dio la respuesta:

“Según debate la NASA, el retiro del transbordador espacial en su “casa”, en Florida, podría llegar a costar 42 millones de dólares”.

“La agencia (NASA) lanzó una petición de ideas acerca de dónde ubicar los tres orbitadores después del retiro de la flota planeado para septiembre de 2010.

Shuttle sobre un 747 de la NASA modificado para su transporte aéreo.

El "shuttle" Atlantis sobre un 747 de la NASA modificado para su transporte aéreo. FOTO: The Flame Trench.

El orbitador Discovery está ya comprometido para el Smithsonian National Air and Space Museum, Museo Nacional del Aire y del Espacio de Washington.

Esto deja al Atlantis y al Endeavour disponibles para museos y otras instituciones capaces de mostrar el orbitador adecuadamente tanto exterior como interioriormente e inspirando al público.

Pero tiene que hacer frente a un gasto serio.

La NASA estima que esto costará 28,2 millones de dólares en limpiar la nave espacial de tóxicos, propelentes volátiles, y otros 8 millones de dólares en prepararlos para ser expuestos.

Y trasladar las naves espaciales a su punto de retiro final -innecesario si el orbitar permanece en la “Space Coast” -costa este de Florida- costará otros 5.8 millones de dólares.

“No nos encontramos en el ánimo de hacer pagar al contribuyente la cuenta de hacer los seguros -los orbitadores- para la exposición pública”, dijo Mike Curie, portavoz de la NASA en Washington”.

Sin duda alguna, el coste tan sólo de limpiar y poner a punto uno de los transboradadores para que pueda ser expuesto es astronómico. Pero nunca será tan espectacular como la cifra de jóvenes norteamericanos -y turistas- que, a lo largo de los próximos años podrán con sus propias manos y sus própios ojos, tocar y ver una de las máquinas más perfectas y complejas construidas por el hombre (si no la que más) y más que ha hecho por la humanidad en toda nuestra historia, aunque no lo parezca y sólo nos acordemos de ellas cuando fallan…

Por: Manuel Rodríguez de Viguri.

Astroingeo-Ciudad de las Estrellas.

viguri(@)ya.com; info(@)ciudaddelasestrellas.org

www.ciudaddelasestrellas.org.

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