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De las Estrellas y Constelaciones

Trazos estelares sobre la montaña

Trazos estelares desde Xiva de Morella

Estrellas

De todos es sabido hoy en día que las estrellas son soles como el nuestro, más grandes o más pequeños, que se encuentran a centenares, miles o decenas de miles de años luz de distancia de nuestro planeta y que son cuerpos, que al igual que nuestro Sol, emiten luz propia debido a las reacciones de fusión nuclear que se produce en sus núcleos.

Pero estos conocimientos tan básicos, al alcance de una gran parte de la población mundial, hace cuatrocientos años, cuando Galileo alzó su primitivo telescopio a los cielos con ojos de descubrimiento, era completamente desconocido. De hecho, conocimientos tan sencillos como los que se describen a continuación, han costado más de cuatro siglos en llegarse a descubrir.

Todas las estrellas que vemos a simple vista en una noche oscura, lejos de las luces de nuestras ciudades, son estrellas de nuestra galaxia, e incluso todas aquellas estrellas que observemos con unos prismáticos o con nuestros más potentes telescopios también pertenecen a nuestro sistema galáctico; un enorme conglomerado de estrellas y nebulosas con más de 100.000 millones de componentes unidos por la fuerza de la Gravedad que descubrió Newton en el siglo XVII.

Nos es imposible discernir estrellas en otras galaxias por lo alejadas que estás se encuentran, y sólo ha sido posible empezar a observar estrellas individuales muy brillantes en galaxias “cercanas” gracias a los más grandes telescopios de nueva tecnología, como por ejemplo el telescopio espacial Hubble (HST).

El registro de las posiciones de las estrellas de nuestra galaxia en unas listas denominadas catálogos estelares constituye una base de referencia fundamental para el desarrollo de la astronomía, como pueden ser para la determinación del tiempo, los fenómenos de precesión y nutación, el movimiento propio de las estrellas, etc.

El catálogo estelar más antiguo del que tenemos constancia fue elaborado por el astrónomo griego Hiparco en el año 127 A.C. y contenía las posiciones de más de 1000 estrellas divididas en seis clases de acuerdo con su brillo aparente. Los árabes conservaron otro catálogo de estrellas denominado “Almagesto” elaborado originalmente por Claudio Ptolomeo (con un total de 1080 estrellas divididas en 48 zonas), de esta obra hemos heredado la costumbre de agrupar las estrellas en clases de brillo o magnitudes. Las clases de brillo recibieron el nombre de magnitud, llamando a las más brillantes de 1ª magnitud, de 2ª, 3ª, 4ª, etc., hasta la 6ª magnitud, éstas últimas son las estrellas más débiles que se distinguen a simple vista.

orion

J. Bayer introdujo la nomenclatura de letras griegas para nombrar, en orden de brillo aparente o magnitud, las estrellas de una misma constelación. Así tenemos que la estrella más brillante del Can Mayor será alfa Canis Maioris o también Sirius pues conserva el nombre que le asignaron los antiguos.

Las estrellas más brillantes de las constelaciones Boreales suelen conservar su nombre antiguo, y aún suelen ser habitualmente utilizados por astrónomos aficionados y profesionales; Sirius, Procyon, Betelgeuse, Rigel, Antares, Aldebarán, Castor, Pólux, Capella, Mirfak, Enif, Altair, Deneb, Vega y así alguna decenas más de estrellas mantienen sus nombres de la antigüedad.

El número de estrellas visibles a simple vista es aproximadamente 6.500, siendo 20 estrellas de 1ª magnitud, cerca de 60 de 2ª magnitud, próximo a 200 estrellas de 3ª magnitud, unas 600 de 4ª magnitud, unas 1.600 estrellas de 5ª magnitud y más de 4.000 de 6ª. Suponiendo que las estrellas se encuentran repartidas por igual en el firmamento, un observador en un instante determinado verá simultáneamente en toda la esfera celeste unas 3.000 estrellas.

Cuando miramos una estrella la primera característica que percibimos es su brillo. El brillo es una medida de la cantidad de energía que recibimos de una estrella.

Si nos fijamos en una noche transparente, no todas las estrellas presentan la misma coloración, mientras que unas son rojizas o claramente anaranjadas, otras son blancas o ligeramente azuladas. Esta simple observación si que nos aporta información sobre la física estelar.

Se atribuye a Newton el haber sido el primero que, utilizando un prisma, descompuso la luz blanca en sus colores fundamentales. En el año 1814 Josef Fraunhoffer descubrió unas misteriosas líneas oscuras que cruzaban el espectro. Utilizando letras nominó las más intensas y llegó a contar casi 600. En 1850 Gustav Kirchoff comparó las líneas del espectro solar con las obtenidas a partir del análisis espectral de los elementos, con este trabajo logró identificar los elementos presentes en la atmósfera del Sol.

espectros

En los primeros años del siglo XX se comenzó a establecer una clasificación de los espectros de las diferentes estrellas, asignándole una letra a cada tipo de espectro. Después de descartar las clases innecesarias la clasificación se redujo a 7 tipos que corresponden con las letras O, B, A, F, G, K, M.

Últimamente se han añadido dos clases espectrales adicionales, C y S, para clasificar unas pocas estrellas con características especiales. Para obtener una clasificación más precisa se divide cada clase espectral en 10 subclases numeradas de 0 a 9, comenzando por O3.

Sorprende conocer que las estrellas nos han dicho desde muy antiguo cosas sobre ellas, pero que hemos tardado siglos en interpretarlos y que aún nos quedan decenios en completarlos.

En la próxima entrada hablaremos de las constelaciones, los agrupamientos casuales de las estrellas en el cielo y que durante muchos siglos se les atribuyeron poderes mágicos.

Publicado bajo la categoría Educación Secundaria, General, Historia de la astronomía

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